¿Por qué el tiempo parece pasar más rápido al hacernos mayores?
Cuando somos pequeños, un verano parece eterno. Esperar una semana para nuestro cumpleaños puede hacerse larguísimo y un curso escolar parece no terminar nunca. Sin embargo, conforme pasan los años ocurre algo curioso: enero acaba de empezar y, casi sin darnos cuenta, volvemos a estar hablando de Navidad.

¿Por qué el tiempo parece pasar más rápido al hacernos mayores?
El reloj no se acelera y los días siguen teniendo exactamente 24 horas. Lo que cambia es nuestra forma de percibirlos y, sobre todo, la manera en la que nuestro cerebro presta atención a lo que vivimos y lo almacena en la memoria.
La rutina, las experiencias nuevas, las emociones e incluso la cantidad de recuerdos que acumulamos pueden hacer que un periodo nos parezca larguísimo… o que varios meses desaparezcan prácticamente sin darnos cuenta.
El tiempo no cambia, nuestra percepción sí
Nuestro cerebro no funciona como un cronómetro.
Cinco minutos esperando en una cola pueden parecer interminables, mientras que dos horas haciendo algo que nos encanta pueden pasar en un instante.
Pero todavía ocurre algo más curioso: no percibimos igual el tiempo mientras lo estamos viviendo que cuando lo recordamos después.
Por ejemplo, unas vacaciones pueden parecernos demasiado cortas mientras estamos disfrutándolas. Sin embargo, meses después podemos recordar tantos lugares, conversaciones, comidas y experiencias que aquellos pocos días parecen ocupar muchísimo espacio en nuestra memoria.
Nuestro reloj mide minutos. Nuestro cerebro, en cambio, también parece medir acontecimientos.
La rutina puede hacer que los meses parezcan desaparecer
Imagina dos semanas.
Durante la primera haces prácticamente lo mismo cada día: levantarte, trabajar, volver a casa, cenar y dormir.
Durante la segunda visitas un lugar nuevo, conoces personas diferentes, pruebas comidas que nunca habías probado y haces varias actividades distintas.
Las dos semanas duran exactamente lo mismo: siete días cada una.
Sin embargo, cuando las recuerdes unos meses después, probablemente la segunda te parecerá mucho más larga.
¿La razón?
La segunda semana contiene muchos más acontecimientos diferenciados que tu cerebro puede utilizar como puntos de referencia.
Nuestra memoria no almacena cada segundo de nuestra vida como una grabación perfecta. Conserva momentos, cambios, emociones, personas y situaciones que destacan.
Cuando muchos días son prácticamente iguales, pueden terminar mezclándose unos con otros en nuestros recuerdos.
Y así es como varias semanas de rutina pueden acabar pareciéndonos sorprendentemente cortas.
De pequeños vivimos constantemente primeras veces
La infancia está llena de novedades.
El primer día de colegio.
Aprender a montar en bicicleta.
Dormir por primera vez fuera de casa.
Ir de excursión.
Descubrir un lugar nuevo.
Hacer un nuevo amigo.
Viajar.
Incluso cosas completamente normales para un adulto pueden resultar extraordinarias para un niño porque todavía no las ha vivido muchas veces.
Eso significa que durante nuestros primeros años acumulamos una enorme cantidad de experiencias diferentes.
En la edad adulta, en cambio, muchas situaciones empiezan a repetirse.
Hemos vivido cientos de lunes, celebrado muchos cumpleaños, recorrido miles de veces las mismas calles y repetido durante años rutinas similares.
Por eso la infancia puede parecernos enorme cuando miramos hacia atrás, mientras que algunos años de nuestra vida adulta parecen haber pasado en un suspiro.
Una experiencia nueva puede pasar rápido y parecer larga después
Aquí aparece una paradoja muy curiosa.
Cuando estamos viviendo algo divertido y diferente podemos sentir que el tiempo vuela.
Pero cuando posteriormente recordamos esa experiencia puede parecernos mucho más larga.
Piensa en un viaje de cinco días.
Mientras estás allí puedes pensar:
“¿Cómo puede ser que ya nos tengamos que volver?”
Pero meses después recuerdas el hotel, el viaje en coche, los restaurantes, los pueblos que visitaste, las conversaciones, las fotografías, las excursiones y todo lo que ocurrió.
Cinco días han producido decenas de recuerdos diferentes.
Ahora compara eso con cinco días prácticamente idénticos en casa.
Cronológicamente han durado exactamente lo mismo.
En tu memoria pueden ocupar espacios completamente diferentes.
¿Cada año nos parece más corto porque representa menos de nuestra vida?
Hay una explicación muy popular que seguramente habrás escuchado alguna vez.
Cuando tienes 5 años, un año equivale aproximadamente al 20 % de toda tu vida.
Cuando tienes 10 años representa alrededor del 10 %.
A los 50 años, un año equivale únicamente a alrededor del 2 % de todo lo que has vivido.
Según esta idea, conforme envejecemos cada año representa una fracción cada vez menor de nuestra experiencia total y, por eso, podría parecernos más corto.
La explicación resulta muy intuitiva, pero no existe una única fórmula matemática capaz de explicar nuestra percepción del tiempo.
La memoria, la atención, las emociones, las rutinas y nuestras experiencias también intervienen.
Probablemente la sensación de que los años pasan cada vez más rápido sea el resultado de varios factores actuando al mismo tiempo.
Hay días eternos y años que desaparecen
Aquí está una de las contradicciones más llamativas.
Un solo día aburrido puede hacerse eterno.
Sin embargo, seis meses llenos de días muy parecidos pueden parecernos cortísimos cuando miramos hacia atrás.
También puede suceder lo contrario.
Una tarde haciendo algo extraordinario puede pasar volando mientras la vivimos, pero convertirse en uno de esos recuerdos que conservamos durante años.
Esto demuestra hasta qué punto el tiempo psicológico y el tiempo del reloj son dos cosas diferentes.
El reloj únicamente registra cuánto ha pasado.
Nuestro cerebro interpreta cómo hemos vivido ese tiempo.
La atención también modifica nuestra sensación del tiempo
Piensa en la última vez que esperabas impaciente algo.
Seguramente mirabas continuamente el reloj.
11:21.
11:23.
11:25.
Parece que no avanza.
Cuando prestamos mucha atención al paso del tiempo podemos sentir que transcurre lentamente.
En cambio, cuando estamos completamente concentrados en una conversación, un videojuego, una película, un trabajo o cualquier actividad que nos absorba, podemos perder la noción del reloj.
Después lo miramos y pensamos:
“¿Ya han pasado dos horas?”
De ahí viene esa sensación tan conocida de que el tiempo “vuela” cuando estamos entretenidos.
Las emociones también pueden alterar nuestra percepción
Nuestra percepción temporal tampoco es independiente de cómo nos sentimos.
Momentos de aburrimiento, estrés, miedo o espera pueden parecernos especialmente largos.
En cambio, cuando estamos disfrutando podemos sentir que las horas desaparecen.
Dos personas pueden pasar exactamente sesenta minutos haciendo cosas diferentes y tener una percepción completamente distinta de cuánto ha durado esa hora.
Porque nuestro cerebro no experimenta el tiempo de una forma totalmente objetiva.
También lo interpreta según lo que está sucediendo.
¿Podemos hacer que el tiempo parezca pasar más despacio?
No podemos ralentizar físicamente el reloj.
Pero sí podemos conseguir que determinados periodos de nuestra vida generen más recuerdos.
Y eso no significa tener que viajar constantemente ni cambiar completamente nuestra vida.
Podemos introducir pequeñas novedades:
Visitar un lugar al que nunca hemos ido.
Aprender algo nuevo.
Cambiar nuestra ruta habitual.
Probar una actividad diferente.
Conocer gente.
Empezar un proyecto.
Ir a un restaurante nuevo.
Hacer una excursión.
O simplemente romper de vez en cuando una rutina demasiado automática.
Cuantas más experiencias diferenciadas tengamos, más puntos de referencia podremos conservar cuando recordemos ese periodo.
No conseguiremos que un año dure más.
Pero quizá sí consigamos que parezca haber contenido mucha más vida.
Entonces, ¿el tiempo realmente pasa más rápido al hacernos mayores?
No.
Un minuto sigue teniendo sesenta segundos tanto si tienes 8 años como si tienes 80.
Lo que cambia es nuestra relación con ese minuto.
Conforme acumulamos experiencias, muchas cosas dejan de ser nuevas. Las rutinas pueden hacerse más frecuentes y nuestro cerebro puede almacenar menos momentos claramente diferenciados de determinados periodos.
Cuando después miramos hacia atrás, esos meses pueden parecer mucho más cortos.
Por eso podemos tener la extraña sensación de que cada cumpleaños llega antes que el anterior.
La parte más curiosa de todo esto
Cuando estamos aburridos, cinco minutos pueden parecernos veinte.
Cuando nos divertimos, dos horas pueden desaparecer.
Unas vacaciones pueden parecer cortísimas mientras las vivimos y larguísimas cuando las recordamos.
Y varios meses de rutina pueden ocupar poquísimo espacio en nuestra memoria.
Así que la próxima vez que pienses:
“¿Cómo puede ser que ya haya pasado otro año?”
recuerda que el planeta no está girando más deprisa y que tu reloj funciona perfectamente.
Lo que ha cambiado es la manera en la que tu cerebro experimenta, organiza y recuerda el tiempo.
Y quizá ahí esté una buena razón para seguir haciendo cosas nuevas, incluso aunque sean pequeñas.
Porque no podemos conseguir más horas en un día.
Pero sí podemos conseguir que esas horas contengan más momentos que merezca la pena recordar.



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